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domingo, 4 de marzo de 2012

G.V.

"Y no pasa nada. Una parte de mí, la misma que ahora aplasta la pena, está satisfecha. Porque uno sabe perfectamente cuando lo ha intentado y cuando ya no puede hacer más. A un par de millas del ecuador de la vida me he dado por fin cuenta de que la distancia es mi sitio, de que hay algo muy digno en las afueras de mi profesión y que tal vez encuentre allí el único lugar apacible donde poder hacer lo que a estas alturas mi experiencia me dice que es lo mejor, o tal vez lo único que sé hacer."

GONZALO VÁZQUEZ NYC 2012

Es un domingo cualquiera. Toda una semana esperando el viernes noche. Amigos, pareja, equipo. Todo transcurre con la fugacidad de un suspiro. Como cada semana, te sientas frente a la hoja en blanco. Así viene siendo costumbre de un tiempo a esta parte. No aspiras a nada. Escribes porque te gusta, porque disfrutas con ello, y porque tienes más o menos claro que hay gente al otro lado del monitor que siente algo parecido cuando te lee. El día en que una de los dos partes se venga abajo, tu rincón lo hará con ella. Lo sabes. No te cabe ninguna duda. Has conseguido llegar más allá de lo que hace dos años jamás hubieses podido imaginar, pero tu futuro se encuentra muy lejos de todo esto. Y sin embargo, no puedes evitar pensar.

En aquel que hace periodismo no cabe esperar el reconocimiento que merece. La feria itinerante, la novia de un futbolista, el Villarato, la ÑBA, las portadas chirriantes, los dimes y diretes... el que quiera recibir alabanzas y billetes no tendrá que hacer otra cosa que vocear, inventar, berrear, tergiversar, manipular y soltar de cuando en cuando la dosis de mierda estipulada en algún plató de televisión. 

El ensayista metido a periodista deportivo, entretanto, se embarca en un vuelo low-cost al otro lado del Atlántico. Vuelve a casa. Castigado por la tuberculosis. Derrotado pero satisfecho en lo más profundo de su ser. Sabe que lo ha intentado. Que merece la pena intentarlo.

Desolación. Incomprensión. Reconocimiento sobradamente merecido que no llega. Sueldos infames como pago al trabajo del más sobresaliente. Miseria. Periodismo en nuestros días.

Que retiren la camiseta de Gonzalo Vázquez. Que la cuelguen en lo más alto del Madison. Y que los Ronceros sigan con el circo.

lunes, 27 de febrero de 2012

All-Star Orlando 2012

Aquí nos hallamos, un día después.

Si bien el pasado año la cita de las estrellas a muchos nos dejó un regusto agridulce en el paladar, en esta ocasión la balanza se inclina favorable y contundentemente hacia uno de los dos lados. A excepción del partido del domingo, el All-Star de Orlando ha resultado un completo fiasco. Pero si vamos a hacer sangre, empecemos por el principio.

Friday

Como es por todos conocido, este año el formato del tradicional Rookie Challenge no era el habitual. En lugar de encontrarnos con el típico Rookies vs. Sophomores, ambos colectivos de jugadores fueron entremezclados para después proceder a realizar un draft, donde Shaquille O'Neal y Charles Barkley escogían al equipo que los representaría sobre el parqué. De tal suerte que nos encontramos con un cóctel de jugadores primerizos jugando entre sí sin un criterio de selección demasiado nítido.

El encuentro del viernes siempre ha llevado por nombre el de Rookie Challenge por una simple razón. La idea es comprobar si los novatos son capaces de pasar por encima de otros jugadores igualmente jóvenes, pero con un año de rodaje a sus espaldas. La tónica es la primacía de los segundos sobre los primeros, y la gracia radica en apoyar a éstos últimos. Sin embargo, con la excusa de que los equipos quedarían desequilibrados —muchos exteriores por parte de los novatos— se ha optado por poner el parche recurriendo a Shaq y Sir Charles.

En un primer momento, la idea, a falta de alternativas mejores, no parece mala. Dos de los personajes más mediáticos dentro del mundillo NBA salvan los muebles protagonizando lo que, como hecho aislado y excepcional, podría suponer una novedad  atractiva. Sin embargo, más allá de la constitución de los equipos, ni uno ni otro gozaron de demasiado protagonismo en el encuentro, malgastando así la oportunidad de dejar alguna que otra anécdota memorable para la posteridad. Cabe esperar que, como se viene afirmando, el parche sea provisional y en próximas citas recuperemos nuestro consabido Rookie Challenge.

Moviéndonos en el terreno puramente deportivo tenemos, por una parte, la exhibición de Kyrie Irving, que por unos momentos logró ver una piscina donde realmente había un aro. En un alarde de soberbia anotadora, convirtió 34 cartones, encajando 8 de 8 en triples. Ricky Rubio, si bien no brilló con luz propia, se mostró fiable en todo momento y ayudó a que otros sí lo hicieran adornándose de mil maneras en un festival de mates y alley oops. No fue el caso de Blake Griffin, que no acaparó demasiados focos más allá de un par de jugadas que podríamos calificar más propias de un animal que de un hombre. Muy en su línea, pero reservando fuerzas para la cita verdaderamente importante.

Saturday

De los concursos de tiro y habilidades poco se puede decir. Nueva York se alzó con la victoria en el primero, mientras que Tony Parker se proclamó campeón del segundo. Meros trámites.

En el concurso de triples, contamos con una batería de actuaciones notables por parte de Durant, Jones y el a la postre campeón, Kevin Love. Si bien no nos encontramos ante puntuaciones catastróficas como las del pasado año, volvimos a paladear ese regusto amargo de la nostalgia que nos retrotrae a los tiempos de Larry Legend y Craig Hodges. Pero estas acres reminiscencias son apenas nada en comparación a lo que el espectador tuvo que digerir después.

La tragedia venía fraguándose desde años atrás, pero ni en los más pesimistas cabía esperar semejante exhibición de mediocridad. Chase Budinger, Derrick Williams, Paul George y Jeremy Evans, el flamante campeón. Estos son los nombres de los que perpetraron la barbarie. No repasaremos uno por uno los mates que compusieron la sarta de despropósitos. Armándonos de generosidad, podríamos rescatar de la pira tres o cuatro. El resto desfilaron con más pena que gloria entre una camiseta de Karl Malone inexplicable, un cartero que sobrepasaría con poco el metro y medio de estatura, una moto completamente fuera de lugar, el mate menos entusiasta de la historia del concurso —cámara incluida, los fetiches no nos falten—, una clavada que pretendieron vender como a ciegas... sólo se echó de menos a Darrell Armstrong para hacer una bandeja como allá por el 96 y ponerle el broche de oro a toda una serie de esperpentos que esperemos discurran sin hacer demasiado ruido por el sumidero de la historia. 

Sunday

Y para ponerle límite a tanta mediocridad, el plato principal. El partido de las estrellas.

Como ya ocurrió un año atrás, el partido discurrió regido por un acuerdo tácito no escrito según el cual aquello de defender no había de ser tomado demasiado en serio. La situación devino en un dominio, si no abrumador, sí bastante sólido por parte del Oeste. En un primer momento pudimos observar destellos de esa rivalidad Kobe-LeBron que la liga muestra tanto interés por vendernos, que terminó dando paso a providenciales clases de elegancia protagonizadas por Westbrook y Love, y fulgurantes estallidos de espectáculo por cortesía del sedicente King. 

Desde este punto, la verdadera rivalidad salió a flote, y, una vez igualado, el choque se convirtió en una pugna directa entre Durant y LeBron por el partido y algún que otro galardón individual. El espigado alero de los Thunder se enfundó por momentos ese disfraz de Jordan que guarda para las ocasiones especiales y le permite anotar de cualquier manera con 3 defensores cubriendo su tiro, si es menester. Fue de esta manera como la clase, como ya hizo un año atrás manifestándose en la persona de Kobe Bryant, volvió a prevalecer sobre la explosividad física. El Oeste se impuso  y Durant se coronó MVP.


La NBA consigue nuevamente vender su baloncesto camuflado de espectáculo —¿o era al revés?— a una buena parte del globo, pero a la par plantea serias dudas en torno a formato, organización y misma estructura del evento per se

Pongamos la mente en Houston y recémosle al 23.

domingo, 26 de febrero de 2012

Mañana, más y mejor. Otra vez.


Como hice un año atrás, y con motivo del All-Star Weekend, me expido la licencia pertinente para postponer la publicación de hoy a mañana, con el fin de comentar la cita de la estrellas una vez servido el plato principal.

No tiene cabida hacer otra cosa, máxime teniendo en cuenta lo parco de los entrantes.

Nos vemos mañana. Sobre el parqué. A estas horas.

Un saludo.

domingo, 19 de febrero de 2012

Cerrado por derribo

Nunca he pretendido construir una obligación para conmigo mismo ni para con nadie alrededor de esto. Lo que uno escribe ha de venir de dentro. De la cabeza o del corazón, tanto da. 

Por esta, y por muchas y diversas otras razones, este domingo nos saltamos la publicación.

No contemplo el convertir esto en una tónica. Ni muchísimo menos. El próximo fin de semana tenemos All-Star y a la guinda invito yo.

Un saludo y enhorabuena al Real Madrid por la Copa.

domingo, 12 de febrero de 2012

Los que son y los que están

A escasos veinte días del fin de semana de las estrellas, se hacen públicos los banquillos escogidos por los técnicos para defender Este y Oeste. Llegados a este punto, periodistas y aficionados se apresuran a emitir juicio y dictar sentencia sobre el acierto o el yerro de llevar a tal o cual jugador a la cita en cuestión. Desde nuestro rincón, nos expedimos la licencia de hacer lo propio. No hablaremos de titulares, pues, atinados o no, los designios de la masa son incuestionables. Comencemos.

Los que están

Dirk Nowitzki

La presencia del '4' teutón en el All-Star ha sido objeto de crítica desde el momento en que vio la luz la decisión de llevarlo. El nivel mostrado hasta el día de hoy no parece ni tan siquiera el suficiente como para que el germano se considere a sí mismo merecedor de este reconocimiento, como hizo saber recientemente ante los medios. Sin embargo, veteranía, liderazgo y una impecable trayectoria aderezada con un anillo la pasada temporada, parecen credenciales suficientemente válidas como para verse traducidas en el billete a Orlando. Si bien existen ala-pívots a un nivel superior en el Oeste, tomando en cuenta todo lo anterior, su presencia no puede tacharse de flagrante, como ha podido leerse en diversos rincones de la red. Los actuales campeones no podían quedar sin representación en esta cita.

Steve Nash

Un caso similar al citado líneas arriba. A nadie le quedan dudas de que el base canadiense ya ha vivido sus mejores años y está lejos de ser un MVP. Ronda los 15 puntos por encuentro, cifra modesta si la contraponemos a la de otros jugadores exteriores del Oeste. Sin embargo, con 38 inviernos a sus espaldas, el base de los de Arizona sigue asentado en el trono de máximo asistente en la mejor liga del mundo, superando las 10 asistencias por partido. Como guinda de este pastel de cifras, un acierto en el tiro de campo del 56%. Los números, unidos a esa facilidad innata que posee para involucrarse en el show y al hecho de que, probablemente, sea su último partido de las estrellas, dejan claro, a mi entender, que su presencia es más que merecida.

Luol Deng

Alejándome de mi sentir habitual, considero que el All-Star constituye una rara y exclusiva excepción en el que los logros individuales y la capacidad de ofrecer espectáculo al espectador deben primar sobre lo conseguido por el equipo de uno. En este particular, nos encontramos ante un buen jugador, que no una estrella. Sus avales; 15 puntos, 7 rebotes y formar parte de un equipo puntero y prometedor en el Este como lo son los Chicago Bulls. 

Roy Hibbert

Llegamos a la más agria de las presencias. Un pívot que promedia 13 puntos y algo menos de 10 rebotes por noche se encuentra con una invitación al fin de semana de las estrellas. ¿Quién es el culpable? Ni el público, ni el técnico, ni el propio jugador. Como veníamos diciendo meses atrás, el '5' es una especie en peligro de extinción. El que no lo vea claro, queda invitado a sentarse y reflexionar. 

- ¿A quién llevaría yo para suplir a Howard?

Los que son

Josh Smith

Consistente, fiable, efectivo y, ante todo, espectacular. Mejora temporada tras temporada a un ritmo lento pero seguro y no parece tener techo. Para hacerlo más sangrante, los Atlanta Hawks se encuentran a un paso del podio en la Conferencia Este, por lo que no podemos achacar su ausencia a los malos resultados de su equipo. ¿Qué más puede hacer Josh Smith para demostrar que es una estrella? Incomprensible a todas luces.

Rajon Rondo

Un año después, la gran C pasa de contar con cuatro representantes a uno solo, y no estamos hablando del base joven y huraño que los dirige, sino del padre del proyecto, Paul Pierce. Aquello de dejar fuera al primero cuando dedica noches alternativas a flirtear con el triple-doble, sólo puede entenderse a la luz de sus numerosos y diversos lances con las lesiones.

Paul Millsap / Al Jefferson

La divina pareja interior que mantiene a flote a unos Jazz a medio gas, milagrosamente por encima del 50% de victorias. Mucho se ha hablado a favor tanto de uno como de otro, apelando a números y estadísticas de todo género. Ambos están jugando a un nivel espectacular, y haciendo grandes cosas por su equipo, pero escoger a uno de ellos implicaría renunciar al intocable Love, que tal vez mereciese la titularidad más que nadie, a una leyenda viva como Nowitzki, o a un LaMarcus Aldridge que lleva unos meses ganándose a pulso el billete. Estos chicos no venden. Tal vez en otra ocasión.

En el tintero nos dejamos, para no perder la costumbre, a unos tantos que debieron ir allá o quedarse acá, pero la consabidas limitaciones de espacio, formato y, por encima de todo, tiempo, vuelven a hacer de las suyas. Lo que a los ojos del que escribe es esencial, queda aquí expuesto. El resto corre de parte del que lee.

domingo, 5 de febrero de 2012

Buen vino

El seguidor común de la NBA. El reportero al que le corresponde la entrevista de turno. Incluso el fan incondicional de los Suns. Las dudas que acuden a la garganta de aquellos a los que acabo de mentar no difieren en demasía unas de otras.

-¿No va siendo hora de pedir un traspaso? 

-¿Acaso no mereces una oportunidad de ganar el anillo antes de retirarte?

Antes de que la pregunta termine de ser lanzada, el destinatario de la misma, haciendo gala de ese maravilloso don suyo para anticiparse a aquello que le rodea, la recoge al vuelo y lanza de vuelta la correspondiente respuesta, siempre invariable.

- No. No es mi estilo. Tal vez forme parte de la vieja escuela, pero un compromiso me une a mi equipo. Me debo a la organización, a los fans y a mis compañeros.

A dos días de su trigésimo octavo cumpleaños, Steve Nash se mantiene firme, y no tiene intención de pedir el traspaso. Los directivos, por su parte, no contemplan como opción el dejarle ir, a no ser que el canadiense exprese el deseo de marcharse motu proprio.

Y todo ello, a pesar de que a estos nuevos Suns les cueste llegar a las tres cifras en anotación. A pesar de  que apenas conserven medio roster del pasado año. A pesar de que, por mucho que así lo queramos, Channing Frye no sea una sombra en el pick & roll de lo que fue el ya desaparecido Stoudemire. A pesar de que la promesa del fichaje de Lamar Odom, '4' inteligente donde los haya, nunca llegase verse cumplida.

Steve mantiene la mente despejada y las manos ágiles. Por cada encuentro, 15 puntos, 10 asistencias y 38 inviernos son sus credenciales. Y seguirá adelante durante dos o tres años más. No por el hecho de igualar a John Stockton en aquello de pisar el parqué con 40 años a la espalda. No. Todo se torna mucho más sencillo cuando se recurre directamente a él.

-No tengo ninguna intención más allá de jugar contra los mejores mientras me sea posible.

Desde este punto, podríamos retrotraernos a los penúltimos playoffs, y recordar cómo el equipo llegó hasta la Final de Conferencia, para plantarle cara a unos Lakers que finalmente se alzaron con el anillo. Todo ello para constatar que aquellos que dos años atrás constituían el referente ofensivo en la mejor liga del mundo, quedan muy lejos de ser capaces de reconocerse a sí mismos. Y después, preguntarnos por qué.

Cerrando los ojos y apretando los dientes, podríamos sumergirnos a mayor profundidad en las aguas del tiempo, y llegar a rozar con la punta de los dedos los tiempos de Nash-Marion-STAT, pero no nos gusta sufrir por sufrir. 

Resta la posibilidad de escoger el camino del medio, y criticar cómo uno de los mejores bases que ha dado la historia de este deporte se conforma y se decanta por la comodidad que entraña lo continuo. La ausencia de cambio. La vida en el desierto.

Entretanto, los más ingenuos nos limitamos a aplaudir.

domingo, 29 de enero de 2012

La otra historia

17 de junio de 1986. Draft de la NBA. Un chico de Landover, Maryland, resulta escogido por los Boston Celtics con el número 2. Una joven promesa que venía de pulverizar récords en el college. Llevaba cosida una etiqueta en la que se podía leer «El alero más completo que jamás haya salido de una universidad». Dos días después, muere por arritmia cardíaca, originada por una sobredosis de cocaína. 


Como muchos habrán deducido ya, el malogrado que falleció mientras celebraba la consecución de su sueño se llamaba Len Bias, y su historia es sobradamente conocida por aquellos que amamos este deporte.

Sin embargo, hubo otro muchacho que fue elegido después de él. Los Warriors decidieron que su pick número 3 se vería traducido en la adquisición de Chris Washburn. Al contrario de lo que ocurre con Bias, son pocos los que se acuerdan de este prometedor pívot. Pero su historia, no por menos conocida, resulta menos trágica. 

Su reputación lo precedía cuando aterrizó en el draft. Considerado uno de los 3 mejores jugadores de highschool antes de fichar por la potente universidad de North Carolina State, Chris era un atleta consumado, con una coordinación muy poco común para un jugador de sus dimensiones. El futuro le pertenecía.

La misma noche en que Len Bias celebraba su elección por parte de los Celtics, a 300 km de allí, Chris Washburn hacía lo propio de una manera similar. 

A la mañana siguiente, alguien reconoció a Chris por la calle.

- Eh, chico, ¿has oído lo que la ha pasado a Len?

- No. Deja de mentir.

El chico compró el New York Post y comprobó que los rumores eran ciertos. 

Transcurrieron los días, y arrancó la temporada regular. Chris parecía comenzar a colocar los cimientos de su carrera NBA en un partido contra los Knicks. Los suyos iban 23 abajo, y el chico convirtió 16 cartones. Poco después, una tendinitis se cebó con su tobillo. Los antiinflamatorios que la combatían, se cebaron a su vez con su riñón. El cóctel derivó en una generosa temporada en el dique seco. Y cuando se quiso dar cuenta, se vio reconociendo públicamente su adicción a la cocaína e ingresando en una clínica de desintoxicación.

Tras su supuesta rehabilitación, recaló en los Hawks. Tras tres controles anti-droga positivos, fue expulsado de la liga de manera definitiva. A sus espaldas, 2 temporadas NBA, 72 partidos, 3 puntos por encuentro y un futuro en ruinas.

Desde este punto, pasó a ser un sin-techo en la calles de Houston. Dormía en fumaderos de crack, casas abandonadas o a la intemperie. Comía de lo que pedía, robaba o rebuscaba en la basura. Se vio involucrado en numerosos y turbios menesteres, recibió un disparo en un pie, y terminó ingresando en prisión durante tres años por tráfico de sustancias.

A día de hoy, Washburn lleva 12 años limpio. En 2000 consiguió rehabilitarse de manera definitiva y ahora trabaja como agente de cobro de hipotecas. Colabora en una asociación que cuida de aquellos que viven en la calle y ayuda a otros ex-jugadores NBA que siguieron sus mismos derroteros y enfrentaron problemas similares.

Chris supo reinventarse. Luchó contra su adicción y por la redención. Otros no tuvieron la suerte.

O el coraje.

domingo, 22 de enero de 2012

Por debajo de 1,80

Cuando uno piensa en baloncesto en general, y en la NBA en particular, se le dibuja en la mente, de manera semiinconsciente, una imagen más o menos definida. LeBron James, Dwight Howard, Josh Smith... Gigantes que sobrepasan los dos metros, imponen su supremacía física sobre otros y machacan el aro a placer. Sin embargo, existe vida por debajo del 1,80.

De cuando en cuando, aparecen jugadores menudos, rápidos, extremadamente hábiles con el balón, con una capacidad de salto explosiva y, por norma general, un certero tiro desde la media y larga distancia. Verdaderos cracks en constante liza contra el destino y la naturaleza.

Tyrone "Muggsy" Bogues

El hombre pequeño por excelencia. Estableció el récord como jugador más bajo que haya vestido alguna vez una camiseta NBA con 1,60. Resulta cuando menos curioso que un jugador de esta estatura llegase a promediar un doble-doble en una de sus temporadas, con poco más de de diez puntos y asistencias. Sobre todo si tenemos en cuenta que lo hizo contabilizando más de cuatro rechaces por encuentro. Su etapa más prolífica fue la que pasó en Charlotte Hornets, franquicia que inauguró tras el draft de expansión de 1988. Su fuerte era la velocidad, amén de una capacidad innata para dar el pase extra al compañero que lo demandase. Como curiosidad, podemos reseñar que militó en los Bullets junto al jugador más alto de la historia de la NBA, Manute Bol, formando una extraña pareja.

Spud Webb

Otro de los bajitos ilustres en el mundo del balón de caucho fue Spud Webb. Entre sus logros, se cuenta el de, desde su 1,69 de altura, anotar 16 puntos por partido en la temporada de 1992. Sin embargo, si por algo es recordado a día de hoy es por su habilidad característica para los mates. Es, hasta el momento presente, el jugador más pequeño que haya levantado jamás el trofeo de este concurso en el fin de semana de las estrellas. Aquel encuentro, muy anterior a la degeneración que carcome este acontecimiento en nuestros días, será siempre conmemorado como uno de los más representativos en la historia de la liga.

Earl Boykins

Lentejita Boykins, que diría un tipo calvo y bonachón pertrechado con una pajarita de vivos colores. Tras Muggsy, el segundo más bajo que haya debutado en la NBA. Si bien no sostiene el récord de altura, sí hace lo propio con el de peso. 60 kilos de jugador, ni más ni menos, sobreviviendo entre mastodontes que flirtean con casi el triple de esta cifra. Todo un trotamundos que, a día de hoy, es agente libre tras haber militado en nueve equipos diferentes. Superó los 15 cartones por choque allá por 2007, en su cuarta temporada en los Denver Nuggets. 

Avery Johnson

El pequeño general ejerció de temporero durante buena parte de su periplo en la liga. Utilizado como moneda de cambio en numerosas ocasiones, y tras atravesar innumerables vicisitudes, terminó por agenciarse un anillo interpretando el papel de secundario de lujo en el primer título de los Spurs. Su capacidad para desentrañar los secretos de este deporte no se perdió del todo tras su retirada, pues terminó recalando en el banquillo de los Mavericks, aunque sin cosechar demasiados éxitos. A día de hoy, ejerce de técnico en los New Jersey Nets.

Nate Robinson

Como Kryptonate, principal protagonista de un guión bochornoso, evidente y sumamente cuidado detrás del Slam Dunk Contest de hace tres años. Pero nuevamente, nos encontramos ante otra historia sobre la que otros ya han vertido ríos de tinta.
Como Nate Robinson, un jugador de 1,75 con un salto vertical increíble, tres veces campeón del concurso de mates, capaz de exhibiciones de soberbia anotadora cuando la situación lo requiere, y, por qué no decirlo, un showman de aquellos que triunfan al otro lado del charco.

Son todos los que están, mas no están todos los que son. Por el camino, nos dejamos a Calvin Murphy, Damon Stoudamire, Michael Adams y otros tantos que quedan en el tintero, esperando a recibir su humilde homenaje aquí o en cualquier otro lugar. Limitaciones de formato, extensión y, por encima de todo, tiempo. Cada cual tiene sus debilidades, sus jugadores fetiche, digamos. 

Aparezcan o no en este, nuestro rincón, todos estos pequeños pioneros son los verdaderos luchadores de este deporte. Aquellos a los que no les tiembla el pulso a la hora de mirarle a los ojos a las circunstancias y desestimar las limitaciones que éstas puedan imponerles. Valientes que escogieron el camino menos fácil. 

Verdaderos gigantes.

domingo, 15 de enero de 2012

Bill

Michael Jordan. Tomémonos por un momento la libertad de ignorar a unos pocos disidentes para proclamarle mejor jugador de la historia de este deporte. Hecho. Y ahora, retrotraigámonos a un pasado más lejano. Allá por la década de los 60. Mucho antes de Mike. Tiempos opacos, para muchos. Tiempos de Bill.

Bill Russell fue, desde dos puntos de vista muy diversos, uno de esos jugadores que a día de hoy escasean. 

Mirando a través de un cristal, tenemos al pívot rocoso y dominante. Si hasta las temporadas previas a la retirada de Shaq hemos contado con este concepto de center que ahora se encuentra en peligro de extinción, es, en buena medida, gracias a Bill. 

Mirando a través del otro, el jugador fiel a una ciudad, a un equipo y a unos colores. 13 temporadas en una misma escuadra hablan por sí solas, máxime si tomamos en consideración los bailes de fichajes y cambios de cromos que se producen día sí, día también, en los tiempos que corren.

Salta a la vista que si aquellos Celtics ganaron 11 anillos en 13 temporadas, no fue exclusivamente por Rusell. Bob Cousy, John Havlicek y su entrenador, Red Auerbach, tuvieron mucho que ver con este apabullante éxito. Sin embargo, y desde una óptica puramente personal, Bill ejerció de piedra angular. Él y su manera de ver el juego, más orientada hacia el triunfo colectivo que hacia el lucimiento personal.

Todo comenzó con unos Celtics sentando las bases de lo que terminaría por ser la dinastía más laureada de la historia de la NBA. Russell llegó a un equipo en el que Bob Cousy llevaba las riendas con una mano. De la otra iba Bill Sharman, formando entre ambos un  tándem exterior explosivo en lo que al ataque se refiere.

El chico comenzó con buen pie. En su temporada de novato promedió más de 19 rebotes por partido, estableciendo un nuevo récord histórico en la liga. Se echó el equipo a la espalda y lo transportó hasta la final, cara a cara contra los Saint Louis Hawks de Bob Pettit. Allí hubieron de jugar los 7 encuentros, amén de dos prórrogas como broche del último, pero Red y sus chicos lo consiguieron. El primer anillo de la era Auerbach ya estaba en casa.

El discurrir del tiempo siguió su curso. Entretanto, el grandullón estableció su reinado en la pintura con mano de hierro, mientras se anexionaba todo rebote que osase caer por allí y taponaba a aquellos lo bastante ingenuos como para intentar un lanzamiento dentro de sus dominios. De esta manera, cambió diametralmente la manera de entender el baloncesto, enfatizando la importancia de la defensa y perfeccionando la intimidación hasta convertirla en arte. Todo ello, sin ser una fuerza de la naturaleza como otros que le sucedieron en la zona. Su poderío defensivo se basaba más bien en la anticipación, para adelantarse a los movimientos de su par, y la intuición, para adivinar hacia qué lado decidiría caer el caprichoso balón de caucho.

Llegó la segunda final, nuevamente ante los de Saint Louis. Una intempestiva lesión de rodilla sobrevino a Bill, y dejó a los verdes fuera de la pugna por el anillo. Los Hawks ganaron aquel campeonato, pero la hegemonía Celtic seguía adelante con un ritmo imparable. Bill afianzó su señorío bajo los aros, superando en numerosas temporadas los 23 rechaces por partido. El siguiente año, los verdes arrollaron inmisericordemente a los Minneapolis Lakers en cuatro partidos, ganando así el primero de los 8 anillos consecutivos que concatenarían.

En 1959, desembarca en la NBA el que a la postre se convertiría en su némesis, Wilt Chamberlain. Frente a la figura de jugador de equipo que representaba Bill, Chamberlain se mantendría dentro de aquellos parámetros en los que se encuadra una estrella individualista. Esta contraposición no fue más que el comienzo de una fiera rivalidad entre ambos jugadores. Año tras año, ambos pulverizaban los récords del otro, convirtiendo su lucha personal en una de las más intensas y significativas de la historia del baloncesto.

Bill siguió ganando anillos con la gran C, hasta tener más de estos que dedos donde calzarlos. Se retiró estableciendo un récord de 21.620 rebotes, marca que años más tarde superaría Wilt Chamberlain con 23.900 en su haber.

Pero esa es otra historia y habrá de ser contada en otra ocasión.

domingo, 8 de enero de 2012

Un base de oro

El impacto que ha devenido tras el desembarco de Ricky Rubio en la NBA ha resultado inmediato e innegable. Incondicionales y críticos durante su estancamiento en el Regal Barça coinciden por vez primera en este punto. Los primeros aprovechan para pasar factura a la segundos, mientras que estos últimos se muestran más proclives a escurrir el bulto.

Las recetas con las claves de su éxito arrollador son objeto de especulación por parte de medio mundo. El chico ha aprovechado el lockout para mejorar su tiro, está hecho para el mundo NBA, goza de mayor confianza por parte de su técnico... Cada uno escoge sus propios motivos de entre los citados en esta enumeración o en tantas otras, o bien decide fraguar los suyos propios. Sea como fuere, su triunfo durante los primeros compases de la competición es evidente, y sólo el tiempo dictaminará si Ricky realmente llega al nivel que todos esperamos de él, o bien esta explosión, tanto mediática como deportiva, es tan sólo flor de un día.


Independientemente del devenir de los acontecimientos referentes a la joven promesa, hoy no estamos aquí para hablar de Ricky.

Los medios dan la espalda deliberadamente a aquellos que, habiendo consolidado un arranque de temporada sobresaliente, no resultan tan llamativos para el público medio. Por lo visto, el baloncesto no existe lejos de Pau, Ricky y ese tal Ibaka que milita, creo recordar, en los Thunder.


El caso que quiero tratar hoy se me antoja especialmente flagrante. Estoy hablando, como muchos ya habrán deducido, del «otro» base. El que nos lleva a ganar algún que otro oro al ritmo que marca su batuta. José Manuel Calderón.

Los Toronto Raptors no aspiran a apenas nada. Desde un poco antes de la partida de Chris Bosh hacia el faraónico proyecto de Miami, vagan sin rumbo por las partes bajas de la tabla con más pena que gloria. Clasificarse para la post-temporada es su máxima meta, milagro mediante. Podríamos decir de ellos que su jugador franquicia es Andrea Bargnani, un pívot italiano cuyo hábitat siempre se ha encontrado más lejos del aro de lo que sus entrenadores desearían. También cuentan con un joven jugador que, si bien posee numerosas virtudes en esto del baloncesto, no parece llamado a convertirse en una estrella. Y muy poco más

Decir todo esto no es decir mucho.

Habida cuenta de la situación actual del equipo, y con este plantel rodeando a Calderón, éste se encuentra tercero en la clasificación global de asistencias, con 9,4 por partido, y primero en el ratio asistencias/pérdidas, con un exorbitante 6,15 —el segundo es Tony Parker con 4,18—. Entiéndase por otra parte el doble valor de este logro, pues no es lo mismo darle pases a canasta a Amir Johnson que a Blake Griffin. Clarificador, cuando menos. Sumémosle a esto que se perfila como tercera opción anotadora de los suyos, con unos nada desdeñables 12,4 cartones por partido. A ojos de los medios, el resultado de esta cábala no da para aparecer de tarde en tarde en los telediarios. A los míos, alguien ha errado a la hora de echar cuentas.

Se ha dudado de él. Se le ha menospreciado. Se le ha ignorado. Y ahí sigue. Al pie del cañón. Peleando como el primer día por un proyecto sin rumbo. Debajo de unos directivos cuyas decisiones no terminan de entenderse. Nadando entre rumores de traspasos. Saliendo de titular o desde el banco. Qué más da.

Yo no tengo millones de lectores. Me quedo lejos del primer millar. Pero desde mi humilde rincón de la red, y aunque nunca llegarás a leerme, me quito el sombrero por ti, Calde. No todos te hemos olvidado.

Sigue así, jugón.

domingo, 1 de enero de 2012

Historia de unas rodillas

Brandon creció en Seattle. Hijo de un conductor de autobús y una camarera, sus primeros pasos en la vida no fueron fáciles. Como tantos otros, desde joven comenzó a desarrollar una pasión desaforada por el baloncesto. Para financiar este vicio, se vio obligado a trabajar en el muelle limpiando barcos, mientras su padre hacía horas extra. 

Acudió al Garfield High School, donde se convirtió en uno de los mejores  jugadores en la historia de Washington. Una vez graduado, consideró la posibilidad de acudir al draft de la NBA. Un marcado déficit de atención le empujaba lejos de la universidad. Su incapacidad para comprender las preguntas que se le formulaban en los exámenes le llevaron a pensar que su mundo quedaba lejos de ésta. Sus compañeros del muelle le insistieron. Brandon consiguió aprobar las pruebas de acceso.

Terminó recalando en la Washington University. Después de 4 temporadas al más alto nivel con los Huskies, Brandon es seleccionado con el número 6 por Minnesota Timberwolves, e inmediatamente traspasado a los Portland Trailblazers en el draft de 2006.

Durante la Summer League de 2006, en Las Vegas, Roy acapara una buena parte de los focos para sí con unos números destacables. Este nivel de juego se consolida y mantiene durante la temporada regular 2006/07 y termina por conducirle a recibir el Rookie Of The Year, obteniendo 127 votos para el primer puesto de los 128 posibles. El galardón le es otorgado desde una mayoría apabullante y parece augurar que este chico hará grandes cosas tanto por su equipo como por la liga.

Llega a la NBA con esa madurez que sólo cuatro años en la universidad pueden conceder. Esta cualidad, unida a sus innegables dotes deportivas, le sirven para erigirse desde su segundo año como líder indiscutible de los Trailblazers, tanto dentro como fuera del parqué. Desde este punto en adelante consigue clasificar un año tras otro a su equipo para los Playoffs, aunque la empresa no termina de llegar a buen puerto. Tanto los logros deportivos como su implicación con la comunidad bien le valen el respeto, la admiración y el cariño de la ciudad de Portland. Todo parece ir sobre ruedas para Brandon. Excepto un insignificante detalle. Sus rodillas. Esas malditas rodillas.

Las intervenciones quirúrgicas se suceden una tras otra, pero Roy decide no rendirse. Procura que sus problemas no reverberen demasiado en los medios, siempre a su particular manera, lejos de las cámaras y los aspavientos. Él simplemente sigue luchando. Sigue luchando hasta que, finalmente, luchar deja de ser una opción.

Durante la pasada temporada, llega el momento de una sexta operación. Brandon consigue recuperarse a tiempo para los Playoffs. Visiblemente mermado, tanto en lo físico como en lo mental, protagoniza una meteórica remontada sobre unos Mavericks que finalmente se coronaron campeones. 18 de sus 24 puntos fueron anotados en el último cuarto, incluido un 3+1. Un canto del cisne que le lleva a rendirse ante la cruel evidencia. Sus rodillas han dicho basta.

Apenas hace tres semanas, Roy anunció al mundo su retirada. Sus meniscos, completamente desgastados, no son capaces de aguantar el ritmo del baloncesto profesional. El escolta deja tras de sí 3 apariciones en el partido de las estrellas, una merecida reputación como clutch player y una carrera más corta de lo que debiera.

domingo, 19 de junio de 2011

Gracias y hasta pronto

La temporada toca a su fin. Nos deja un merecidísimo anillo para los Mavs, el fantasma del lockout, la retirada de Shaq y el desembarco de Ricky. Los que entran por los que salen.

Comienzan las vacaciones para los profesionales y, por ende, para este bloguero. No por gusto, sino por imposición. La sequía NBA estival nos deja sin el material que necesitamos y no tengo intención de forzar la periodicidad en las publicaciones escribiendo banalidades. Por esta razón, probablemente no vuelva a postear cada domingo hasta el arranque del Eurobasket 2011.

No por ello dejaré de publicar. Siempre que la actualidad lo permita o las musas me pillen con el teclado a mano, volveré por estos lares. Os mantendré informados en la medida de lo posible.

Este ha sido un gran año, en suma. He alcanzado metas que cuando comencé, hace ya nueves meses, ni tan siquiera podía contemplar, y es por ello que quiero expresaros mi gratitud nuevamente.

A los que me animaron a arrancar con el proyecto, a los que se han preocupado por darme promoción, a los que me han abierto nuevas puertas, a los que me han brindado su apoyo incondicional desde el primer momento, a los que se han iniciado en esto del BA-LON-CES-TO como resultado de visitar este rincón cada fin de semana. A cualquiera que alguna vez me haya leído, comentado, alabado o criticado.

A todos aquellos sin los que esto no tendría ningún sentido. Gracias.

Nos vemos sobre el parqué, amigos.


Un saludo.

domingo, 12 de junio de 2011

Héroes y villanos

11 de junio de 1997

Las series se antojaban cuesta arriba para los Bulls de Jordan. El tándem Stockton-Malone había conseguido dos victorias consecutivas que posicionaban a los Jazz con un 2-2 y el jugador franquicia de Chicago se levantó esa mañana pálido y febril. Le fue diagnosticada una intoxicación y los médicos dijeron que de ninguna manera podría jugar esa noche. Michael tenía otra opinión.

Cayó la noche en Salt Lake City, y con ella, el comienzo del choque. Los Jazz, que jugaban en en casa, empezaron dominando el partido espoleados por el apoyo incondicional de una de las mejores hinchadas del mundo y aprovechando la debilidad de la estrella rival. Tras cuajar un primer cuarto baldío, parecía a todas luces evidente que el líder de los visitantes no estaba en condiciones de jugar. Sin embargo, en el segundo cuarto, comenzó a encajar una canasta tras otra, a pesar de carecer de su explosividad habitual.

Inexplicablemente, volvió a obrarse el milagro. Dios terminó enfundándose una vez más la camiseta de los Bulls para cosechar 38 puntos, anotar un tiro decisivo y darle la victoria a los suyos. Esa noche pasó a la historia de la NBA como «The Flu Game» y constituye una de sus actuaciones más memorables.


Volvemos del flashback.

14 años después, la épica vuelve a llamar a las puertas del baloncesto. Durante el cuarto encuentro entre Mavericks y Heat en las presentes Finales, el astro alemán y principal referencia de los primeros, Dirk Nowitzki, trajo a la memoria colectiva reminiscencias del más grande. El mismo que sostuvo el peso de su equipo cuando las piernas no le permitían sostener el suyo propio.

El partido comenzó siendo de un solo color. Los Heat castigaban sin piedad a los locales mientras éstos mostraban precipitación, inseguridad y poco acierto en el tiro. La estrella blanquiazul rozaba los 39º C de fiebre. Las circunstancias no permitían otra cosa que augurar un negro final para los del alemán.

La balanza terminó equilibrándose, y ambos equipos llegaron al descanso parejos en el marcador. El partido seguía apretado, y los Mavericks no podían contar con la mejor versión de su estrella. Esa misma versión que les resulta indispensable a la hora de decidir encuentros.

Fue el último cuarto, cuando la situación más lo exigía, el punto en el que Dirk hizo su aparición. Batalló incansablemente tanto contra el rival que tenía enfrente como contra el que tenía dentro. La fiebre de Nowitzki incendió el American Airlines Center y sus 21 puntos terminaron decidiendo el signo del partido.


Ahora, una vez acometida la gesta, aquellos que no pudieron pararle, hacen bromas al respecto. Dwayne Wade y LeBron James consideran adecuado imitar a su rival de cara a las cámaras, fingiendo tos y escenificando otros aspavientos. Una nueva muestra de clase y elegancia por parte de aquel que se autoproclama a los cuatro vientos como «Rey de reyes» y sus amigos.

Una vez más, aquel que busca equiparar su grandeza a la de Jordan, olvida que, además de clase y elegancia, Michael tenía cerebro.

Michael pertenecía a esa raza de jugador que habla sobre la cancha, porque no necesita hacerlo fuera de ella. Al estilo de un tal Nowitzki. Lo mismo os suena.


Un saludo.

domingo, 5 de junio de 2011

Adiós

Durante la primavera de 1985, Dale Brown, técnico de Lousiana State, tuvo a bien el concederse un descanso en su extenuante labor de recruit. Brown era uno de esos tipos que, más que trabajar para vivir, viven para trabajar. Todo por y para el BA-LON-CES-TO.

El entrenador viajó a la base alemana de Wildflecken por cortesía del Departamento de Estado. Allí, el ejército americano aglutinaba 80.000 unidades en la frontera con la RDA, principal reducto comunista en lo más profundo de Europa. El objetivo: impartir un clinic que aunase espectáculo y motivación.

Fue allí, tras concluir un discurso, donde un muchacho negro, de maneras educadas y pulcramente vestido, asaltó al coach. Se alzaba cerca de dos metros sobre el suelo y superaba sobradamente los 100 kilos.

- Entrenador, no quiero molestarle pero, ¿podría pedirle unos minutos?
- Dispara, chico.
- Verá, me canso con facilidad y, a pesar de mi tamaño, tengo dificultades para machacar el aro.
- ¿Cuánto tiempo llevas en el servicio, soldado?
- Tengo 13 años, señor.
- ¿Y qué haces aquí, hijo?
- Mi padre es el sargento Philip Harrison. Me llamo Shaquille O'Neal.

Brown se mostró desesperado por ponerse en contacto con el padre del chico. Estaba dispuesto a todo con tal de concertar una cita con él. Sin embargo, los acontecimientos no transcurrieron como cabía esperar por parte del técnico.

- Verá, señor Brown. Todo esto del baloncesto está muy bien, pero ya es hora de que la población negra piense en otras cosas. Alcanzar mi posición, convertirse en directores y presidentes de compañías o incluso ser entrenadores, como usted, y no asistentes.
- No le falta a usted razón. En cualquier caso, acepte mi tarjeta, por favor.

Semanas más tarde, llegaba una carta al domicilio del entrenador. Se trataba de aquel chico. Quería agradecerle su ayuda, y lamentaba haber sido cortado por el equipo del instituto debido a su torpeza. 

- Nunca podrás jugar a esto.

En ese momento, Brown decidió ponerse manos a la obra. Respondió al chico enviándole un poema de motivación y comenzó a seguir sus pasos mucho más de cerca. La familia se trasladó a San Antonio, y el joven ingresó en un nuevo instituto. Sin embargo, tan marcado quedó por el rechazo, las acusaciones de torpeza y su tartamudez que, cuando finalmente quedó bajo las órdenes de Brown, le suplicó que no contase con él para los sistemas de ataque.


 - Chris y Stanley están para eso, señor. Yo me encargaré de taponar y ayudar en defensa.

El entrenador respondió ante estas palabras redoblando la carga de trabajo del chico. Entrenaría hasta perder el aliento y el miedo. Y así fue.

El sargento Harrison puede echar la vista atrás y sentirse orgulloso. Su chico consiguió graduarse.

Por si eso fuera poco, años después se retiraría tras haberse consolidado como en el mejor y más dominante pívot de su época. A día de hoy, algunos lamentamos su marcha.


Dejas atrás 19 años de reinado en la pintura. 4 anillos, 1 MVP y miles de momentos que jamás podremos olvidar, tanto sobre el parqué como lejos de él. Has cumplido de manera sobresaliente con tu papel, el legado de Wilt y Kareem ha pasado dignamente por tus manos. Ahora te ves forzado a pasarle el testigo a otros que difícilmente llegarán a ser la sombra de lo que tú has sido.

Te echaremos de menos, grandullón.


Un saludo.

domingo, 29 de mayo de 2011

El fin del camino

Treinta equipos. Siete meses. Dos finalistas. Un campeón. Esto es la NBA, damas y caballeros. Arrancan las Finales.


Por la Conferencia Oeste, Dallas Mavericks. Por la Conferencia Este, Miami Heat. Los oponentes son ya viejos conocidos y el recuerdo del choque de 2006 entre ambas escuadras permanece latente en el imaginario colectivo. Pese a ello, se enfrentan cara a cara dos modelos de equipo diametralmente opuestos. Dos filosofías irreconciliablemente enfrentadas. Dos maneras diferentes de entender aquello del BA-LON-CES-TO. Entramos en materia.

Dallas Mavericks

Los de blanco y azul constituyen sin lugar a dudas un equipo veterano. Llevan años luchando por hacerse un hueco en la parte alta de la tabla durante la temporada regular, invirtiendo un esfuerzo ímprobo para permanecer en la élite del ya no tan salvaje Oeste para, una vez acometida la gesta, dilapidar el sacrificio, caer de rodillas y observar como sus anhelos se diluyen irremisiblemente ante sus ojos. Esta invariable actitud ha llevado tanto a los medios como a los aficionados, amigos del clasificado cuidadoso y el etiquetado fácil, a colgarles el cartel de “Perdedores”. 
 
Dispusieron de su oportunidad más clara hace 5 años, precisamente ante los Heat, si bien éstos últimos diferían sustancialmente de lo que son a día de hoy. Comenzaron partiendo como favoritos, dominando la serie con un lapidario 2-0, que únicamente sirvió para acrecentar la caída que sufrieron posteriormente. El tándem Wade-Shaq consiguió darle la vuelta a la situación y coronar a los suyos como campeones.

A día de hoy, el escenario no se muestra muy diferente. Los de Texas han consumado una Regular Season destacable y han alcanzado las Finales sin excesivas dificultades. Si bien es cierto que esta vez no parten como favoritos, pues su rival se encuentra en su mejor momento, vienen de apear al vigente campeón de la pugna por el título. El hecho de haber conseguido arrebatarle el billete hacia el anillo a los Lakers de Kobe Bryant y Phil Jackson podría conferirle a este conjunto la confianza y seguridad en sí mismos que necesitan para pasar por encima del Big Three.

Las claves de la resurrección Maverick constan de una serie de premisas de relativa sencillez. Como punto de partida, los chicos de Cuban necesitan a la mejor versión de Dirk Nowitzki. Sin ella, están condenados. A su favor corre el hecho de que es ésta exactamente la que se está dejando de ver en los últimos encuentros. Por otra parte, deben hacer lo posible por imponer la primacía de su concepto de grupo sobre el imperio de las individualidades que reina entre los Heat. Finalmente, conviene aprovechar los años de rodaje que reúne buena parte de los miembros de esta plantilla, pues existe un convenio tácito no escrito que sostiene que la experiencia resulta decisiva a la hora de llevar a buen puerto el asalto al anillo.

En conclusión, los de Dallas deben recurrir a la exquisitez de su estrella, el trabajo en equipo y la veteranía de sus jugadores. Sólo así conseguirán arrancarse esa condenada etiqueta.


Miami Heat 

El conjunto rojo y negro se planta al final del camino con un proyecto de proporciones bíblicas puesto en pie entre ayer y hoy. A pesar de ello, se alza como el equipo a batir. El bloque definitivo. El gigante entre gigantes. Un combinado por el que se han derramado ríos de tinta. Se decía de ellos al arranque de la temporada que cualquier final que no culminase con el campeonato entre sus manos sería considerado un fracaso rotundo. Y, pese a las numerosas vicisitudes acontecidas durante el trayecto, aquí están, cumpliendo con las expectativas.

De los Heat que se coronaron campeones cinco años atrás sólo queda Dwayne Wade. Diesel y una buena parte de los secundarios tomaron caminos divergentes y el proyecto se disolvió alrededor del pilar maestro. No fue hasta el pasado mercado estival cuando Pat Riley se erigió con el triunfo en los despachos, adhiriendo a LeBron James y Chris Bosh a su particular cruzada por constituir The Biggest Three. Tres de los diez mejores jugadores de baloncesto sobre la faz de la Tierra vistiendo una misma camiseta. El plan sonaba condenado a la gloria.

Meses más tarde, comienzan a sucederse las catástrofes. La escuadra arranca la temporada con un bagaje mediocre, válido tal vez para cualquier otro equipo, pero no para uno que aspiraba a conseguirlo todo desde el momento mismo de su constitución. Los baches terminan siendo superados sólo para ceder espacio a más desavenencias. Las derrotas ante otros equipos más «hechos» golpean a los Heat y las lágrimas se abren paso en el vestuario. 

Las temporada regular toca a su fin entre estas y otras andaduras. Entretanto, el cariz de la situación se torna repentinamente favorable. Los Heat eliminan a los Sixers en Playoffs sin dificultades, se deshacen de unos Celtics demasiado viejos para después pasar por encima de unos Bulls demasiado jóvenes y presentan sus credenciales en las Finales ante un viejo conocido. El viento sopla a su favor.

El camino hacia las mieles de la anillo pasa para ellos por los siguientes puntos. En primer lugar, necesitan a sus tres estrellas en plena forma. A lo largo del año, ha quedado demostrado que cuando un elemento de esta terna flaquea, el equipo suele hacerlo con él. También habrán de extraer de Haslem toda la capacidad intimidatoria y defensiva bajo los tableros de la que carecen el resto de miembros de la plantilla. Por último, les resultaría muy conveniente rescatar a James Jones para que prodigue uno de sus festivales anotadores desde la larga distancia, especialmente en el caso de que los engranajes principales no consigan girar al ritmo exigido y esto desemboque en un atasco ofensivo. 


No son las Finales que muchos habríamos soñado. No tienen el aroma ochentero de un clásico Lakers-Celtics. Tampoco podremos ver a nuestro Pau consumar el threepeat como escudero de Kobe. Ni siquiera seremos testigos del renacer de franquicias históricas como lo son Chicago o New York. 

Tendremos en contrapartida, unas Finales de contrastes. Una serie electrizante, de impacto. Dos antagonistas enfrentados en un cuerpo a cuerpo sin piedad. Y, ¿quién sabe? Tal vez sea el momento indicado para que leyendas vivientes como lo son Kidd o Nowitzki le pongan el broche de oro a sus brillantes carreras. O tal vez haya llegado el día en el que sedicentes reyes se enfunden su corona y justifiquen, de una vez por todas, el título que años atrás decidieron atribuirse a sí mismos.


Un saludo. 


P.D. Este artículo aparecerá publicado en el número 3 de la revista FadeAway lanzamos el número el primer día de cada mes. (http://revistafadeaway.es/)

domingo, 22 de mayo de 2011

El espejo

La post-temporada 2010/2011 quedará grabada a fuego en la mente de los Lakers por el resto de su historia. El —¿inesperado?— batacazo ante los Dallas Mavericks en forma de barrido arrasó con la moral de los angelinos. Pero hubo un hombre sobre el que el asfixiante peso del fracaso se posó dos veces. Kobe Bryant.

La derrota escoció particularmente al astro de púrpura y dorado por una razón. Le arrebató la posibilidad de repetir threepeat y equiparar así su palmarés al del jugador con el que siempre ha sido comparado. El GOAT (Greatest Of All Time). Michael Jordan. Por otra parte, más allá de la privación de la gloria inmediata, la caída ha resultado sonora y la ruta hacia el anillo en los próximos años se ha convertido en un camino escarpado. La cifra de 6 se desvanece en el horizonte del 24 angelino. Y, una vez más, el debate está servido.

Tal vez sea por su carácter competitivo, sus ansias de victoria, su capacidad de liderazgo o su obsesión por el baloncesto. O tal vez por el sincretismo en sus saltos, gestos, poses y canastas. Sea como fuere, el alud de comparaciones entre uno y otro viene sucediéndose de manera inevitable de unos años a esta parte.

A día de hoy, Kobe cuenta sus adeptos y detractores manejando cifras similares, mientras que Michael es recordado como poco menos que un dios, tanto por aquellos que vivimos sobre del parqué como por los que se sitúan lejos del mismo. 

Pese al lavado de cara que ha llevado a cabo el primero durante los últimos años, sus enemigos siguen tildándole de copia malograda, chulo desafiante y chupón irrespetuoso. Sacan a relucir su enfrentamiento con uno de los más grandes —no exclusivamente en términos literales— que jamás hayado puesto un pie en una cancha de baloncesto, Shaquille O'Neal, y le critican duramente por ello. Olvidan las reyertas Jordan con Bill Cartwright, Will Perdue o Steve Kerr, amén de la mancha azul en su expediente, fruto de su paso por los Wizards.

Si nos detenemos en los números, Jordan está objetivamente por encima de Bryant. Información, que no opinión. Como contrapartida, si establecemos una comparativa teniendo en cuenta sus edades, las distancias se acortan ligeramente. Vayamos más allá. Tomemos en consideración la batería de buzzer beaters decisivos que el escolta angelino prodigó el pasado año. La misma con la que superó al ex de los Bulls en lo que a capacidad de resolución de partidos se refiere. Las diferencias siguen difuminándose.

Expuesto esto, y si bien Kobe representa lo más parecido a Michael que se deja ver en estos días sobre un terreno de juego, el que suscribe nunca fue amigo de comparaciones. Sin embargo, es consciente de que para la mente humana resultan un obstáculo insalvable. 

Pese a ello, una cosa permanece clara. Se trata de algo que va más allá de números o actitudes.

El mejor no admite comparaciones.


Un saludo.