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domingo, 16 de enero de 2011

Reyes sin corona

Perdedores.

Perdedores como Tracy McGrady, que anotan 13 puntos en 35 segundos para darle la vuelta a un partido ya imposible.

Perdedores como Vince Carter, que pasan a la historia por inventar el dunk de la mort.

Perdedores como Charles Barkley, que le disputan unas finales al jugador más grande que alguna vez haya pisado una cancha de baloncesto.

Perdedores como John Stockton y Karl Malone, que conforman el mejor pick & roll habido y por haber en la historia de la NBA.

Perdedores como Grant Hill, que después de aspirar a todo, de haber llegado a lo más alto y de sufrir la mayor caída imaginable, son capaces de levantar la mirada y reinventarse a sí mismos.

Perdedores como Christian Laettner, que, a pesar de haber jugado un papel testimonial en un conjunto compuesto por estrellas, forman parte del mejor equipo jamás constituido. El Dream Team.

Perdedores como Yao Ming, que, a modo de embajadores, abren la liga de baloncesto más importante  sobre la faz de la tierra al país más poblado del mundo.

Perdedores como Shawn Kemp, que consiguen que el sol brille con más fuerza en la lluviosa ciudad de Seattle.

Perdedores como Dominique Wilkins, que no le temen a una rivalidad cara a cara con el mismísimo Michael Jordan.

Perdedores como Steve Nash, que ganan dos MVPs  y, a la edad de 36, siguen mejorando cada año como el buen vino.

Perdedores como Jason Kidd, que pasan una buena parte de su carrera flirteando una noche sí y otra también con el ansiado triple-doble.

Perdedores como Dirk Nowiztki, que entregan su cuerpo y su alma a un proyecto durante años y no se cansan de seguir intentándolo.

Perdedores como Reggie Miller, que luchan contra la misma genética en aras de ver cumplidos todos sus anhelos.


Entre todos ellos no cuentan un solo anillo. ¿Eso les convierte en perdedores?

En tal caso, amigos míos, yo también quiero ser un perdedor.


Un saludo.


P.D. Este artículo apareció publicado como «Artículo del Mes» en el número 221 de la Revista Oficial NBA.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Aquellos maravillosos años

Hay quién no lo tiene muy claro, así que, teniendo en cuenta el tema que nos traemos entre manos, considero oportuno aclararlo. Allá va la revelación.
 
Michael Jordan se fue de los Bulls hace 12 años.

Sí, Michael nos dejó hace más de una década —¿acaso algún profano recuerda su etapa en los Wizards? ¿eh? ¿EH?—, y por increíble que pueda parecerle a algunos, existe baloncesto después de él. Si bien es cierto que desde su marcha, los Bulls cayeron en un relativo ostracismo dentro de la competición, no será por apatía o falta de ganas.

Me explico. En los últimos años, no ha habido temporada en la que Chicago no haya sonado para dar la campanada en los primeros compases. Nuevos proyectos, fichajes prometedores, alguna que otra elección curiosa en el draft. Distintos comienzos que incitan a las mismas buenas sensaciones, pero que comparten un desenlace común. Aparición discreta en post-temporada y vuelta a casa a la primera de cambio.

En el caso concreto de este año, la situación, al cierre, parece más prometedora que nunca. El fichaje de Carlos Boozer dota a los Bulls de un frontcourt más que competitivo. De la mano del floreciente Noah, suman talento suficiente como para intimidar a casi cualquier escuadra de esta liga. Al lado de estas dos torres, el joven Taj Gibson apunta a seguir madurando en el tiempo de descanso que le dé a los hombres fuertes, mientras compite con el veterano Kurt Thomas y su capacidad para aportar minutos de calidad.

Por otra parte, la solidez de su juego exterior puede parecer mermada, ahora que se han deshecho de Kirk Hinrich, un jugador fiable y seguro, que en su día luchó por ser el pilar de lo que se estaba gestando en el United Center, pero que quedó relegado a un segundo plano por la pujanza del explosivo Derrick Rose. Nada más lejos de la realidad. Los Bulls cuentan con los servicios del ya mentado Rose, pero además se han hecho con Ronnie Brewer —hay quién ya habla de «robo»—, Keith Bogans, y el experto francotirador, Kyle Korver. Si a esto le sumamos al todoterreno C.J. Watson, sobran más palabras.

Los Bulls tienen las piezas. Es al nuevo entrenador, Tom Thibodeau, a quién le corresponde encajarlas debidamente para componer un entramado que aspire a todo. En cualquier caso, Boozer es un recién llegado, Rose aún es joven y las prisas no son buenas.

Tal vez nunca vuelvan a brillar como en los 90. Tal vez su destino sea vagar eternamente por las posiciones medias de la tabla. Tal vez no estén llamados a volver a saborear la gloria del anillo. O tal vez  vaya siendo hora de que dejen de mirar al pasado y se conviertan en algo más que el equipo por el que fichó Dios el séptimo día.


Un saludo.